lunes, 8 de mayo de 2017

Capítulo 49: Sign of the times


¡Hola, hola, tributos! Pues nada, desde aquí con la alergia primaveral haciendo de las suyas, os traigo un nuevo capítulo con la dosis justa de romanticismo para abrir este mes de las flores. Sin más dilación, y esperando como siempre que os guste mucho, ¡dentro capítulo!

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Fuente
Just stop your crying
It's a sign of the times
Welcome to the final show
Hope you're wearing your best clothes
                           Sign of the times, Harry Styles

CLOVE
Corre, corre, corre.
A pesar de que me arden los pulmones, de que siento cada mínimo corte que me he hecho en los Juegos, de que esa palabra no para de repetirse en mi cabeza, ya ha amanecido para cuando llego a la llanura de la Cornucopia.
Cojo aire y lo suelto lentamente, tratando de ralentizar el ritmo frenético de mi corazón. Lo cierto es que no tengo ni idea de dónde puede estar Cato; pero si, como yo, ha oído el anuncio y se ha puesto a buscarme, creo que este es el sitio más lógico para empezar a hacerlo. Me siento a esperar, con un cuchillo preparado en cada mano.
Sin embargo, el tiempo pasa y Cato no llega. Empiezo a tamborilear con los dedos, nerviosa y, por hacer algo con lo que entretenerme, decido pasar uno de los huevos por el mechero, aunque lo que menos me apetece ahora mismo es comer. Mis nervios aumentan conforme el sol va subiendo en el cielo. Vendrá, ¿no? Aun si fuésemos completos extraños, actuaríamos como idiotas dejando de lado una ocasión tan clara. ¿O será que le ha pasado algo malo? Un escalofrío me recorre todo el cuerpo. No ha sonado ningún cañonazo, ¿verdad? Estoy pensando en que debería irme de aquí, donde estoy a un tiro limpio de cualquiera con un arma de largo alcance, cuando una figura rubia emerge de entre los árboles.
-¿Clove?
-¡Cato!
No puedo evitarlo: me dan igual las cámaras, me da igual que me esté viendo todo Panem. Me lanzo corriendo hacia él, todavía armada, y sólo paro cuando me choco con su pecho y puedo rodearle con los brazos, sentir el latido acelerado de su corazón, en un abrazo que no recordaba haber echado tanto de menos.
La razón vuelve a mí un instante después.
Como si me hubiesen dado una sacudida, me separo de él, aunque no soy capaz de borrar la sonrisa que se me ha dibujado en la cara.
-Entonces... Estamos juntos –dice él.
-Eso parece.
Su sonrisa en este momento es más bonita que nunca. ¿He dicho alguna vez lo guapo que es? Hace bastante tiempo que no me paro a pensar en lo guapo que es, pero lo es. En este extraño instante de felicidad, donde puedo permitirme no tener más preocupación que esa, observo cómo el pelo rubio le brilla bajo el sol, el perfil agresivo de su mandíbula, los dientes blancos y afilados...
Y entonces los ojos de Cato quedan en blanco y se derrumba sobre mí.
-...¿Cato? ¡Cato!
Lo primero que se me viene a la cabeza es que la chica en llamas nos ha encontrado al fin. Nos ha encontrado, y justo cuando he visto algo de luz en estos malditos Juegos, ha matado al único chico que me ha importado jamás. Cojo el cuchillo por el mango, dispuesta a lanzarlo con toda la rabia que tengo dentro; pero no hay ninguna flecha en la espalda de Cato. En su lugar, advierto el sudor frío que le cubre la frente, y unas ojeras espantosas que no había visto nunca. Mirando de un lado para otro, asegurándome de defender todos los flancos en esta situación tan vulnerable, le llevo como puedo hasta unos matorrales cercanos al lago. No está a más de doscientos metros de donde nos encontramos, pero Cato pesa el doble que yo, y tardo al menos media angustiosa hora en arrastrarle hasta el escondrijo.
Le dejo en el suelo tan delicadamente como me es posible. Vale, bien, ya nos estamos al alcance de todos. Y ahora, ¿qué? ¿Qué coño le ha pasado? ¿Y qué se supone que tengo que hacer para devolverlo a la consciencia? Estoy intentando tomar su pulso cuando, por suerte para mí (y para mis dotes de enfermera), Cato parece recobrar el conocimiento.
No noto lo muchísimo que se me ha acelerado el pulso hasta que verle despierto lo devuelve a un ritmo normal. Él entreabre los ojos, confundido.
-¿Qué... qué ha pasado?
-Te has desmayado –intento disimular el deje de urgencia en mi voz -. Oye, ¿te encuentras bien? ¿Ha sido por el sueño o...
Cato respira profundamente y yo me callo. Todavía no parece ubicarse del todo, porque aún no se ha levantado a atacarme, ni nada parecido. En su lugar, sólo dice:
-Me duele la pierna. La izquierda.
La izquierda. La del latigazo. Corro a levantarle la pernera del pantalón, rezando porque no sea nada grave...
-Joder –susurro.
La imagen hace que hasta yo me maree un poco. Está lleno de sangre desde el tobillo hasta mitad del gemelo, e incluso ha empezado a empapar la tela del pantalón y del calcetín. Me obligo a inspirar profundamente para analizarlo con cabeza fría. Cuento (uno, dos, tres) y suelto el aire. Vale. Pasada la impresión inicial, no parece una herida muy grave: está bastante más limpia que la última vez que la vi (no quiero atribuirme el mérito pero, en fin, sí, es cosa mía), y aunque parece más grande de lo que era antes, sigue sin ser un corte muy profundo. Saco el botiquín de primeros auxilios de mi mochila y la botella, y entre las vendas y el agua consigo hacer que parezca algo mucho más manejable, pese a que sigue sangrando un poco. Levanto la vista de la pierna: Cato ya parece casi consciente.
-¿Cómo te has hecho esto?
Él frunce el ceño y se lleva una mano a la cabeza, como tratando de recordar qué es lo que ha sucedido.
-Te estaba buscando –dice finalmente. –Y entonces ella encendió una hoguera. Sé que es la tercera vez que lo hace, pero al ver el humo... Fue como ayer. No podía controlarme, no era capaz de pensar en nada que no fuera matarla. Creo que me tropecé con una de las trampas que hicimos poner al chico amoroso. Da igual, el caso es fue suficiente para centrarme otra vez. No me había dado cuenta de que me había abierto la herida, Clove, si no...
-Shh –le callo con suavidad. –No pasa nada. Ahora estás bien. Y yo estoy aquí. Descansa un poco, ¿vale? Creo que lo necesitas.
Cato hace amago de levantarse y protestar, pero su mirada se cruza con la mía y, con un gruñido, se vuelve a tumbar. A los diez minutos ya está dormido. Mientras tanto, yo trato en lo posible la herida y la cubro con una venda. Después, me siento a su lado y monto guardia con el cuchillo preparado y los dedos tamborileando sobre la hoja.
Un corte así no tumbaría a Cato. Vale, sí, ha perdido sangre, bastante si llevaba un tiempo abierto; pero yo le he visto salir de situaciones mucho peores. No, el problema no es ese. No en exclusiva, al menos. Apuesto a que en estos dos días no ha dormido más de seis horas en total, y eso no es lo peor; lo peor es la comida.
Cato come una barbaridad, y llevamos tres días sin un suministro decente. La ración de combate de ayer no fue suficiente, ni lo serán las otras dos que tengo en la mochila si quiero que esté al cien por cien. Si me pongo a pensar en lo que haremos cuando acabemos también con ellas... No, no quiero pensarlo. No merece la pena perder el tiempo con cosas a las que no puedo dar solución.
En su lugar, le observo dormir. Al menos eso sí que puedo arreglarlo. Sonrío: siempre que nos vemos aquí, uno de los dos acaba durmiendo. No puedo contener el impulso, y le paso una mano por el pelo rubio, del que cuelgan algunas hojitas pequeñas, supongo que fruto de su búsqueda por el bosque. Empiezo a reírme, hasta que me doy cuenta de que yo debo de tener un aspecto similar. Me llevo un mechón de pelo oscuro a la cara y arrugo la nariz. Joder, necesito una ducha cuanto antes.
Sin embargo, no me atrevo a alejarme demasiado mientras él siga durmiendo. Deseando haber prestado más atención a las trampas del chico amoroso por millonésima vez, recojo todas las plantas comestibles que reconozco a nuestro alrededor: unas fresas diminutas, raíces, más de la planta herbácea que crece junto al lago... Hasta que, unas horas más tarde, Cato empieza a sacudirse y abre los ojos.
Se despereza en cuestión de segundos.
-¿Me he perdido algo?
Yo niego con la cabeza.
-Mis habilidades de recolección en todo su esplendor. Por lo demás, no ha habido novedades.
-¿Seguimos siendo seis?
-Sí. ¿Tienes hambre?
No le da tiempo a responder: el rugido de su estómago se le adelanta. No puedo contener una carcajada.
-Está bien. A mí me gustaría lavarme un poco, así que tú puedes ir preparando esto mientras yo me meto en el lago.
Hace una mueca cuando se lo menciono.
-Pero...
-Cato –corto -. Las instrucciones están en el paquete. Es imposible que te equivoques.
Él no parece tan seguro de ello.
-Vale –cede por fin -. Pero no te vayas muy lejos.
Yo sonrío.
-No te preocupes, no creo que nadie se lance a atacarme ahora mismo.
Le paso el paquete (ya sólo nos queda uno) y le indico dónde están las plantas que he recolectado antes de dirigirme a la orilla, a apenas unos metros. Me quito la chaqueta, los pantalones y los zapatos, y echo un vistazo al sol: todavía es suficientemente pronto como para que mi ropa tenga tiempo de secarse, y a esta tampoco le haría ningún daño un lavado. Así que, antes de que me dé tiempo a arrepentirme, me meto con todo lo demás puesto.
Disfrutando del agradable frescor en mi piel, no puedo evitar preguntarme hasta qué punto debió de afectarme el veneno de las rastrevíspulas para que actuase como lo hice al llegar al lago. Tengo que nadar un buen trecho hasta dejar de hacer pie, y el agua es tan clara y tranquila que puedo ver las sombras negras de pececillos diminutos a mí alrededor. Cogiendo una bocanada de aire, me sumerjo por completo unos instantes, sintiendo cómo días de suciedad se despegan de mi piel. Al salir a respirar, mi pelo emerge limpio y chorreante, nada que ver con la nube enmarañada de antes. Lo peino con los dedos, deshaciendo los nudos hasta que se parece más a mi melena de siempre. Me quito la ropa que llevo puesta y la froto contras las rocas antes de ponerla a secar en una especialmente plana a la que da el sol de lleno, y sigo nadando un par de minutos, con la seguridad de que Cato me avisará si pasa algo.
Cuando por fin salgo, me envuelvo en la chaqueta impermeable y me pongo los pantalones y los zapatos. El resto sigue húmedo, así que decido dejarlo secar hasta que empiece a anochecer.  Escurriéndome el pelo chorreante por el camino, vuelvo junto a Cato, que frunce el ceño totalmente ensimismado en el paquete de caldo de pollo concentrado.
-¿Qué tal va?
-Pues no tan mal como pensaba, si te digo la ver...
Su boca se queda abierta en una O perfecta cuando levanta la vista. Arqueo una ceja, a punto de lanzar un comentario despectivo sobre su repentino silencio, cuando me doy cuenta de que mi chaqueta, lo único que llevo sobre el pecho, no está cerrada del todo. Me ha visto con poca ropa suficientes veces como para que no me cause vergüenza, pero aun así subo la cremallera de un movimiento rápido.
Cato parpadea, como salido de un trance. En cuanto vuelve en sí, coloca la caja de la ración de combate sobre sus piernas y fija su vista en las instrucciones del caldo de pollo, como si fuesen lo más apasionante que ha leído en su vida.
-Vamos a ver... ¿Dónde hemos metido la maldita botella de agua?
***
Terminamos también con este paquete, así como con los dos huevos que quedaban en mi mochila y todas las plantas que he recogido. O más bien, Cato termina con ellas y yo le ayudo. Da igual: no necesito tanta comida, y merece la pena por ver cómo el color vuelve a su cara con cada bocado. En cuanto terminamos nuestra cena adelantada, recojo mi ropa y me visto tras un matorral, conteniendo una risa al pensar en la reacción de Cato; salgo...
Y la expresión de alegría se me congela en la cara al verle de pie y armado.
-¿Qué estás haciendo? –Pregunto con recelo.
Él señala al cielo.
-Está empezando a oscurecer, Clove. Quiero cazar a esa niñata cuanto antes. ¿Todavía tienes las gafas?
Asiento, aunque sólo he prestado atención a sus palabras a medias a partir de “cazar”. ¿Cazar? ¿Está de coña? Su imagen derrumbándose sobre mí me golpea como un puñetazo, su cara lívida, el sudor, las ojeras... Echo una ojeada rápida a la herida en su pierna. La posibilidad de que se abra la herida en una pelea encarnizada hace que esa sensación horrible, la misma de los cañonazos, se instale en mi pecho como un virus.
-No vamos a salir a cazar.
Oigo las palabras salir de mi boca como si las hubiese pronunciado otra persona, y me sorprendo de su firmeza. Cato me mira, con el puño cerrado y el ceño fruncido.
-Clove, no es algo que podamos discutir.
No, sí lo que es. Está conmigo. Está conmigo, y ya no hay nada que pueda separarle de mí más que su propia estupidez, y no pienso permitirlo.
-No vamos a salir a cazar –repito. –No después de que hayas estado a punto de morir.
Suelta un bufido.
-Perdí el conocimiento unos minutos, Clove, no estuve “a punto de morir”.
-Si yo hubiese sido cualquier otra persona, tu cara aparecería en el cielo esta noche. Necesitas descansar, ya cazaremos mañana. Por favor –añado tan bajito que es casi un susurro.
Me callo el resto, esperando que él no lo use en mi contra porque no sería capaz de responderle. Si no cazamos, si no somos depredadores, ya no valemos nada. Nosotros no somos como la parejita del 12, no ganaremos popularidad por cuidar el uno del otro. Para nosotros una noche tranquila significa perder patrocinadores, y una vez que nos acabemos la última ración de combate, los patrocinadores serán nuestra principal fuente de alimento...
Pero eso ya lo arreglaré mañana, cuando el problema sea inevitable. De nada me sirve que Cato no muera de hambre si se mata esta noche luchando. Mantengo una mirada suplicante y, en un último acto desesperado, cojo su mano enorme y la aprieto levemente.
Es como si ese gesto cambiara la atmósfera a nuestro alrededor. Veo una sombra de rendición en su mirada, y me abstengo de esbozar una sonrisa triunfal sólo por un poquito.
-Mañana cazamos. No importa lo que pase.
Asiento con vehemencia.
-Incluso si nos enteramos de que la chica en llamas ha conseguido una maldita pistola –afirmo.
El comentario le roba una sonrisa.
-Incluso si la chica en llamas ha conseguido una pistola.
***
Horas más tarde, estamos acurrucados, el uno junto al otro, para protegernos del frío nocturno. Cato ha sacado una manta que debió de quedarse entre sus cosas (“no soporto los sacos de dormir”) y yo he tirado de imaginación para cubrirnos de hojas y cortar el viento con las mochilas. Lo cierto es que estamos así tumbados para que yo pueda dormir después de casi veinticuatro horas pero, por alguna razón (la cercanía del cuerpo de Cato después de tanto tiempo parece la mejor), no consigo conciliar el sueño.
Así que decido que lo mejor es hablar.
-¿Sabes –digo entre susurros –que Marvel ya conocía a Glimmer?
Cato ha hundido la cabeza en mi pelo; dice que así tiene menos frío en las orejas, y a mí no es que me moleste, precisamente, así que le dejo hacer. Sin embargo, cuando oye mi comentario, se incorpora ligeramente.
-¿Y eso a qué viene?
A la luz de la luna, veo que su expresión es más divertida que exasperada. Aun así, finjo indignación.
-Oye, el que está de guardia eres tú, así que si prefieres pasarla en silencio y sin nada que hacer...
Su cara al oírme es de risa.
-No, no, no, no es eso. Es que me ha sorprendido, ¿vale?
Las palabras salen atropelladamente de su boca; la delicadeza nunca ha sido su punto fuerte, ciertamente. Sin embargo, hace un claro esfuerzo para seguirme la conversación.
-Si se conocían, eso explicaría por qué Glimmer se lanzó a por mí y no a por él.
Aprieto las manos al oírle mencionarla, y hago un esfuerzo por que mi voz salga tranquila; sólo pensar en esos días en la Arena consigue que mi buen humor se esfume instantáneamente.
-¿Qué te hace pensar eso?
-Cuando os encontré en el lago, después de lo de las rastrevíspulas, Marvel estaba gritando el nombre de un chico.
-Podría ser su hermano. O un amigo –añado.
En la oscuridad, veo cómo Cato niega con la cabeza.
-No. La manera en que lo estaba gritando... Bueno... No sé, se parecía mucho...
No tiene que terminar la frase. “Se parecía mucho a la manera en la que gritabas tú.” Cato se revuelve, incómodo, a mi lado.
-Vaya –digo con ironía, intentando que no se note lo desesperada que estoy porque vuelva a hundirse a mi lado -. Tiene gracia. Confías tu vida en ellos, pero nunca conoces realmente a tus aliados, ¿eh?
Cato intenta fingir una sonrisa sin éxito.
“Por favor, por favor, no te alejes mucho.”
-Sí, supongo.
El silencio estaría empezando a ser incómodo de no ser por el himno, que rompe con la calma nocturna en ese momento. Los dos lo escuchamos como si realmente tuviésemos algún interés en ello, mirando fijamente al cielo estrellado. Cuando la música se apaga y ninguna cara aparece sobre nosotros, decido utilizar mi último cartucho.
-Gracias –susurro -. Por haberte quedado.
Me arrebujo bajo la manta, dispuesta a dormirme con un extraño picor en los ojos, cuando noto cómo Cato sumerge su cabeza de nuevo en mi pelo.
-Gracias a ti por haberlo hecho posible.
Lo último que siento antes de dormirme es su brazo pasando por encima de cintura.

FIN DEL CAPÍTULO 49

Y, ¿bien? ¿Qué os ha parecido este capítulo? Como veis, la acción no es precisamente la protagonista pero los momentos Clato son cada vez más abundantes, y el final está cada vez un poquito más cerca. Me parece que quedan exactamente cinco capítulos para dar por cerrada la historia. ¿Alguna opinión al respecto? Cualquier cosilla, como siempre, me la podéis dejar en un comentario y así sacarme una sonrisa ;).
¡Nos leemos!

2 comentarios:

  1. OH DIOS MIO FUE INCREÍBLE!!!... cuando leí la última parte me quedé tan asombrada... Fue un capítulo muy, muy bueno, espero que sigas escribiendo te aseguro que todos esperamos con ansias el próximo capítulo.
    Saludos!!!

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